LA BIBLIA PARA TODOS

Una propuesta para compartir la riqueza y la fuerza de la Palabra de Dios en nuestra historia personal y comunitaria
Dios nos ha dado un patrimonio para todos: SU PALABRA

Quito,

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"Que la Palabra de Cristo habite entre ustedes con toda su riqueza" (Col 3,16)
ALGUNOS ELEMENTOS SOBRE LA INSPIRACION BIBLICA
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Inspiración de la Biblia

1. El AT visto como Palabra de Dios

A través de un recorrido por el Antiguo Testamento queremos captar la conciencia que hay en él del valor sagrado y normativo de las palabras consignadas allí.

a) La Ley: es puesta por escrito (cf. Ex 24,3-8; 34.37-38; Dt 17,18-20; 31,9), proclamada en los momentos significativos de la vida del pueblo de Israel (cf. Dt 31,9-13; Jos 8,30-35; 2 Re 23,1-3; Neh 8,1-18), estudiada, meditada (cf. Esd. 7,10; Sal 1,2; 119; Sir 39,1), alabada porque es revelación de la voluntad divina (cf. Sal 19; 119).

b) Los Profetas: reflejan la conciencia fuerte y profunda de haber sido enviados por Dios para proclamar su Palabra, y en ocasiones para consignarla ellos mismos por escrito. Ejemplos: Relatos vocacionales (cf. Is 6; Jr 1; Ez 2-3); Autobiografías (cf. Jr 20,7-9; cf. Am 7,14-17; 3,8), Fórmulas proféticas que expresan que el profeta es portavoz de Dios: "Esto dice el Señor... "; "Así habla el Señor; "oráculo del Señor... "; "La palabra del Señor me llegó".
Porque el profeta es mensajero de Dios, su palabra se identifica con la palabra de Dios (cf. Ez 3,7; Jr 7,25-28). Algunos profetas (o sus discípulos) han puesto por escrito la palabra de Dios como testimonio y memoria (cf. Jr 36,1-2; 30,1-2; 51,60; Is 30,8; 34,16; Ez 43,10-12; Hab 2,2).

c) Los escritos: Los libros sapienciales: los autores sapienciales no aducen el haber recibido la palabra del Señor, sino que expresan su búsqueda, reflexión y convicción en torno a algunas ideas (cf. Qo 1,13-18) El Sirácide nos explica sobre su labor y su actitud de meditación de la palabra profética, y su oración para que el Señor lo llene de sabiduría (cf. Sir 39,1-8). La sabiduría se personifica y en su origen aparece el temor de Dios (cf. Prov 1,20-32; Prov 8; Sir 1; Sir 24; Sab 6-9).
Los salmos: expresan el reconocimiento de Dios que hace el pueblo para alabarlo, suplicarlo, etc. El Nuevo Testamento muestra que en ellos ha hablado el Espíritu Santo: Mc 12,36 (Sal 110,1); Hch 1,16-20 (Sal 69,26; 109,8); Heb 3,7-12 (Sal 95,7-11)

d) Los libros sagrados en general:

En el Antiguo Testamento se puede verificar la autoridad y valor de que gozaban los libros sagrados (cf., p.e., 1 Mac 12,9; cf. 2 Mac 8,23; 2,13; Dan 9,2; Prólogo del traductor griego del Sirácide). En el Nuevo Testamento hay diversas fórmulas donde se constata el valor o autoridad que tenían los libros que hoy llamamos del Antiguo Testamento (cf., p.e., "Está escrito": Mt 4,4.7.10; 21,13; cf. Jn 10,34-35; "Para que se cumpliera lo que dice la Escritura...": Lc 24,44-48; Jn 19,24.28.36; Hech 1,16; 2 Cor 1,20; Mt 1,23; 2,5.15.17-18.... También se nos habla de la Vida que descubrimos en ellas y del hecho que no pueden fallar: Jn 5,39; 10,35).

2. El NT visto como Palabra de Dios

a) Los Evangelios: De manera fácil se puede constatar el valor y la finalidad del Evangelio predicado y de los Evangelios escritos, ya que nos transmiten los hechos y dichos de Jesús, el Hijo de Dios, la Palabra eterna del Padre, el Revelador definitivo. Los textos presentan a Jesús Revelador del Padre (cf. Mc 1,9-11; 9,2-8; Jn 1,1-18; 5,19-47; 7,25-30; 8,42-47); a Jesús superior al AT (cf. Mt 5,21-48; Jn 5,39-47; 8,31-59; 2 Cor 1,20; Heb 1,1-2; además: Mc 1,22.27; 2,10-12); y el valor indiscutible del evangelio predicado (cf. Hch 5,42; Rom 1,16; Gal 1,6-10) y del evangelio puesto por escrito (Lc 1,1-4; Jn 20,30-31; 21,24-25; Mc 1,1; Hech 1,1-2; cf. 1 Tim 5,18).

b) Los escritos apostólicos: Los demás escritos apostólicos gozaron también de autoridad en la comuni-dad cristiana. Esa autoridad se manifiestó, entre otras cosas, en el hecho de que se iban leyendo y se consideraban "Escritura norma-tiva" para la comunidad.
La palabra proclamada por los apóstoles, propagada y consolidada en diversas comunidades, fue recibida como Palabra divina (cf. 1 Tes 2,13; Ga 1,11-12; Hch 6,7; 12,24; 13,49; 19,20).
Las cartas de Pablo se equipararon a las demás Escrituras. Algunos interpretaron torcidamente ciertos pasajes difíciles (cf. 2 Ped 3,15-16). Se subraya, además, la necesidad de que toda la comunidad lea los escritos enviados por el mismo Pablo (cf. 1Tes 5,27; Col 4,16; 2Ped 3,14-16).
La tradición oral y la que ha sido consignada por escrito es norma para la vida de las comunidades (cf. 2Tes 2,15; 3,14; Ap 22,18-19).

3. El Espíritu y la Escritura

Hay abundantes textos bíblicos que confirman la función especial que desempeña el Espíritu Santo en la puesta por escrito de la revelación divina. El es el que otorga a las personas especiales carismas:

En el ámbito del AT:

a) Carisma profético o de proclamación: Dios pone sus palabras en la boca de sus enviados (Jr 1,9; Is 6,6-7; 59,21; Ez 2,8-33; Dt 18,18), y les concede su espíritu (Is 42,1; 61,1 cf., Nm 22,38; 2 Sm 23,2).

b) Carismas funcionales del lenguaje: Dios se sirve de los ancianos (Nm 11,16-25), sacerdotes (Dt 33,10; 17,8-13), cantores (cf. 1 Cr 25,1-3; Sir 15,9-10), escribas y sabios basados en la ley de Dios (cf. Dt. 4,4.6; Sir 15,1-6; Sab 7,15-21; 8,2ss) para la conservación, elaboración y desarrollo de la palabra proclamada.

c) Carisma escriturario: La acción del Espíritu se prolonga en los autores sagrados o en sus discípulos (cf. Jr 29; 30; 36; Is 8,16) para que pongan por escrito lo revelado por Dios. Sus escritos son palabra de Dios, pero se reconocen diversas categorías que corresponden a las distintas funciones carismáticas, cf prólogo del traductor griego del Sir, y Sir 39,1-3.

En el ámbito del NT:

a) Carisma de la proclamación apostólica Todo nos ha sido dado y revelado en Cristo... pero ahora todo debe ser expresado y entregado a la Iglesia. Juan subraya mucho la función del Espíritu a este respecto: 15,26-27; 14,26; 16,13; 2,19-22. Los Hechos nos hablan sobre el carácter testimonial (1,8; 4,20; 5,32; etc.). El carisma apostólico viene mencionado en Ef 3,3-9; 4,11.

b) Carismas funcionales del lenguaje: La asistencia de Jesús se prolonga (Mt 28,20); por lo mismo tam-bién la acción del Espíritu Santo (Jn 14,16-19). Resaltan los carismas en torno a la palabra: profetas, maestros, evangelizadores, etc., a quienes se confía el depósito de la fe (cf. Rom 12,6-8; 1 Cor 12,8-10.28-30; Ef 4,10-11; 1 Tim 1,18-20; 4,12-16; 5,17; 2 Tim 1,6-14; 4,1-5.

c) Carisma escriturario: En caso del apóstol, el carisma escriturístico prolonga la actividad apostólica. En otros casos, se requiere de una gracia especial, cf. por ejemplo, el autor del Apocalipsis, que da una autoridad especial a su escrito: 22,18-19. Ver también 2 Ped 3,15-16; 1 Tim 5,18.

4. Hacia una síntesis sobre la Inspiración

1) Revelación, Inspiración y Carismas

a) Proceso de la consignación por escrito

Dios se ha revelado a través de obras y palabras íntimamente unidas. Esta revelación nos ha sido transmitida por dos expresiones complementarias y mutuamente dependientes: la Tradición y la Escritura.
Sabemos que el proceso de formación de las Escrituras ha sido lento: la experiencia y vivencia del pueblo se ha ido plasmando en una memoria histórica de la comunidad que se ha transmitido y actualizado de generación en generación. De las tradiciones orales se pasó a la puesta por escrito; surgieron así escritos parciales que se han ido reelaborando y complementando paulatinamente hasta llegar a la obra en su estadio final y definitivo.

b) Implicaciones

* Relación entre inspiración y revelación

El carisma de la inspiración escriturística está orientado básicamente a consignar por escrito la reve-lación. Hace que lo que, en muchos casos, ya era Palabra de Dios, ahora comience a ser palabra de Dios escrita. Inspiración y revelación son dos carismas distintos, ligados entre sí sucesivamente, ya que la inspiración empieza cuando termina la revelación: al poner por escrito hechos y palabras que se han realizado en la revelación.

Se puede decir que la misma relación se da entre "palabra" y "espíritu": la revelación es "la palabra" que se manifiesta; la inspiración es el "espíritu" que estimula con su santo poder; son realidades distintas, pero inseparables.

* Relación entre inspiración y encarnación

Para explicar el misterio de la inspiración debemos recurrir al misterio fundamental de la encarnación. Así como por la encarnación el Verbo eterno del Padre asumió nuestra naturaleza, siendo Jesús ver-dadero Dios y verdadero hombre; así por la inspiración la palabra humana es asumida como palabra divi-na, dando como resultado que la Biblia sea a la vez divina y humana, palabra humana y palabra divina.

* Inspiración y otros carismas eclesiales

La presencia de la Escritura en la Iglesia es una presencia del Espíritu, una acti-vidad suya. De allí que el carisma de la inspiración escriturística" no debe desligarse de la existencia de una comunidad concreta con sus experiencias y su memoria histórica. Tampoco puede separarse de los demás carismas y servicios que hay en el Pueblo de Dios, sea de los carismas para actuar o guiar al pueblo (cf. Moisés, Josué, los jueces, etc.), sea de los orientados más específicamente a la proclamación de la palabra, a su transmisión y conservación, a su puesta por escrito, y a su misma copia y traducción que tiene la finalidad de conservar viva esa palabra. Tampoco puede entenderse la inspiración fuera del reconocimiento de que las Escrituras son un elemento esencial y constitutivo de la objetivación de la fe eclesial, y que gozan por lo mismo de un valor normativo.

2) Autores inspirados

a) ¿Quiénes?: Todos los que han colaborado en la formación de las Escrituras en sus distintas facetas: composición, redacción, edición final.
La actividad literaria puede variar entre ellos: unos escriben y adaptan a las nuevas situaciones lo predicado; otros se encuentran ya con escritos parciales que combi-nan, reelaboran, etc.; y algunos compo-nen totalmente la obra, pero aún en este caso suelen depender, de alguna forma, de la misma tradición.
La inspiración se ha dado allí donde haya habido una verdadera actividad de composición y redacción. Por lo mismo sería erróneo restringirla sólo al primero o al último escritor, sino que se extiende a todos aquellos que, de una u otra forma, intervinieron en la composición y redacción del libro.

b) Carisma: Los hagiógrafos tienen una gracia especial del Espíritu en orden a poner por escrito la Reve-lación, el anuncio auténtico de la Palabra de Dios. Esta gracia puede variar dependiendo de si ellos son profetas o predicadores que han proclamado la palabra de Dios que ahora consignan por escrito, o si son personas que están componiendo totalmente o en gran parte las obras.

3) Intentos de explicación

La inspiración de la Escritura ha sido siempre un tema difícil de explicar. Se han dado posturas extremas como la que sostenía que Dios dictaba todas las palabras al hagiógrafo. Otros afirmaron que Dios era el responsable de las ideas (elemento formal de un libro), y del hagiógrafo dependían sólo las pala-bras (elemento material). Sabemos que estas posturas no se pueden seguir sosteniendo así. León XIII presentó un modelo: iluminación de la mente, moción de la voluntad, asisten-cia en la ejecución de la obra. Luis Alonso Schökel habló más bien de materiales, intuición y ejecución.
Todas estas posturas intentan expresar y explicar una realidad, pero no la agotan. Por eso el Vatica-no II no hace suya ninguna, sino que deja amplitud a la discu-sión.

4) Relación del hagiógrafo con la comunidad

El carisma recibido por los hagiógrafos no puede desligarse de otros carismas del Pueblo. La obra escrita no es aislada, sino que nace en el seno de una comunidad en la que hay unos que proclaman la palabra, otros que la conservan y la transmiten, y otros que la ponen por escrito. Los autores inspirados, aparte de ser portavoces de Dios, están en íntima conexión con la comunidad: son de ella, escriben en su nombre y para ella; se apoyan en las experiencias históricas del pueblo, en sus tradiciones orales, y muchas veces en escritos parciales; también reciben el influjo de la lengua del pueblo y ellos a su vez influyen en la lengua. Al hagiógrafo también se le puede considerar como portavoz del pueblo, ya sea porque trasmite sus ideas, sus vivencias, sus tradiciones, ya sea porque en ocasiones lo contradice, lo provoca, lo cuestiona.

5) Dios autor de la Escritura; hagiógrafos, verdaderos autores literarios.

El Vaticano II, habla del hagiógrafo como verdadero autor literario. Si a Dios desde antiguo se le aplica el término de "autor", y el Vaticano II lo repite, es en sentido analógico; quizá con eso sólo se quiera subrayar que El es el origen o la causa de la obra, pero no necesariamente el autor literario.
Los hagiógrafos son verdaderos autores: sus imágenes, sus expresiones sus ideas, su estilo, etc., dependen de su formación, lo mismo que de su habilidad y talentos (cf. DV 11 y 13).

6) Obra inspirada

a) Verdadera elaboración literaria

Las obras inspiradas no han caído del cielo; son fruto de unos autores que pertenecen a una comuni-dad concreta. Sus obras son verdaderas elaboraciones literarias, no reproducciones mecánicas de una tra-dición. Tienen un sentido original, que puede ir creciendo y ser sobrepasado, y a la vez poseen unas pala-bras que el lector no puede alterar.

b) Escritos parciales y diversas recensiones (copias)

Sabemos que originalmente circularon escritos parciales, por ejemplo los relatos de la pasión, o una colección de parábolas, etc. También hubo diversas recensiones de, por lo menos, algunas obras, refleja-das en los textos diferentes que poseemos, por ejemplo, de Jeremías o de Samuel en TM y en LXX . Debemos pensar que esa variedad de escritos parciales y de recensiones que circulaban en la comunidad con un carácter autoritativo estaban inspiradas. No hay que imaginar la inspiración escriturística como algo mecánico y muerto.

c) Obras inspiradas con diversidad de importancia

La inspiración no se restringe a algunos materiales. Toda la obra con todas sus partes está inspirada. Pero es claro que los escritos bíblicos, siendo todos inspirados, pueden ser diversos en el modo de la inspi-ración (por ejemplo, la diferencia entre la acción de Dios en un profeta y en un sabio), y sobre todo no poseen el mismo grado de importancia en orden a la verdad salvífica. Le concede-mos más importancia al Nuevo que al Antiguo Testamento, y dentro del Nuevo a los evangelios (cf. DV 17-18). No podemos comparar en su importancia los Evangelios con los libros de los Macabeos, o el escrito de Judas con la carta a los Hebreos, o la segunda carta de Juan con la 1a del mismo autor, etc. Hay una jerarquía de verdades y de libros en la Escritura.

d) ¿Obras inspiradas perdidas?

Pudiera darse el caso de que hubiese habido obras que estaban inspiradas, pero que se perdieron (cf. 1 Cor 5,9; Col 4,16; el Ev. arameo de Mt, etc.) ¿Qué pensar de ellas si se llegaran a encontrar? En el hipotético caso de que se encontraran, serían en todo caso obras inspiradas, pero no canónicas.
Por lo demás, tenemos la certeza de que en ninguna de ellas se encuentraría algo esencial o substancial a la Revelación, que no esté ya consignado por escrito en los demás libros.

e) Asistencia del Espíritu para la copia y traducción

Para llevar a cabo todas las traducciones, antiguas y modernas, podemos decir que ha habido una asistencia del Espíritu Santo a los traductores, para que su versión no altere la verdad consignada en los libros santos para nuestra salvación, y así el texto, en la medida de lo posible, se transmita con una fideli-dad substancial. Si el Espíritu Santo estuvo presente en la producción del texto en sus diferentes períodos, el mismo Espíritu está presente también en las traducciones; sin que esto signifique que se avalan los as-pectos técnicos -literarios de cualquier traducción.
También podemos hablar de una asistencia del Espíritu en la copia de los manus-critos, para que no se altere la verdad en orden a nuestra salvación consignada en los libros sagrados.
Sin embargo, sobre este punto no hay una palabra definitiva. La discusión queda abierta a nuevas investigaciones.

7) Lector

La Biblia, porque tiene el carácter de inspirada, es en sí misma Palabra de Dios en lenguaje humano; pero esta Palabra de Dios escrita espera continuamente llegar a ser Palabra de Dios viva y eficaz en el creyente mediante la escucha.
El lector es parte esencial para que la obra no sea letra muerta, pues, de alguna manera, él lo re-crea. Por una parte, lo escrito está por encima del lector, pues éste no puede cambiarlo o corregirlo. Pero por otra, el texto en sí mismo está muerto y sólo vuelve a vivir a través del lector.

En esta lectura se da una asistencia del Espíritu Santo para que la obra, que ha sido fruto de él y del hagiógrafo, se interprete en consonancia con sus intenciones (cf. DV 12). En todo caso, no conviene olvidar que el lector primario es la comunidad de los creyentes; el individuo en tanto lo es en cuanto inserto en dicho pueblo.
El lector originario es el Pueblo de Dios, que debe tener una capacidad de atención y de escucha de la Palabra de Dios, para descubrir el o los sentidos que se perciben por los elementos textuales, contextuales y extratextuales de la obra.
Ha sido la comunidad, guiada por sus pastores, la que ha reconocido unos libros como inspirados, canónicos y normativos de su fe y de su vida (cf. DV 21).

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